lunes, 1 de agosto de 2011

¿Por Qué quieren ser Políticos?

Nota de Javier Marías Franco, publicada en el Diario El País de España, con una reflexión sobre la crisis política, aquí va:

A nadie, más que a los propios políticos (bueno, a los más tontos), le ha podido sorprender a estas alturas la aversión que gran parte de la población siente hacia ellos y que se ha manifestado de manera vehemente a raíz de la ocupación de las plazas de toda España. Quienes intentan etiquetar a estas gentes están fracasando: no todas son "jóvenes", ni "antisistema", ni siquiera "de izquierdas" (o no al modo tradicional del término), ni desde luego "rubalcábidas", como se han atrevido a sostener la prensa y los tertulianos más obtusos, que ven al Vicepresidente Rubalcaba como a un "Criminal Mastermind", que era el título que se confería a sí mismo el maquiavélico Profesor Moriarty, archienemigo de Sherlock Holmes y forjador de desgracias y catástrofes para su propio placer malsano (copias de este Profesor las ha habido a decenas, desde el Lex Luthor de Supermán hasta el Joker de Batman, por mencionar a dos bien conocidos). Los componentes del llamado "Movimiento 15-M" son en su mayoría personas normales, con y sin estudios, de diferentes clases sociales y edades; más o menos como los ciudadanos que llevan ya tiempo señalando, en las encuestas, a los políticos como el segundo o tercer mayor problema de España. Con ser en sí mala la cosa, lo peor es que éstos no reaccionan ni hacen limpieza en sus filas. Más bien se les ve una tendencia a atrincherarse y a proclamarse "sacrosantos", como se comprobó en los sospechosos altercados habidos en Barcelona hace unas semanas: unos se montaban con aparatosidad en helicópteros para sortear a las "turbas" y otros -Felip Puig, el insidioso y taimado conseller de Interior de la Generalitat- poco menos que alentaban a esas "turbas" con su dejadez y tal vez -tal vez- con sus agitadores mossos infiltrados, para poder poner luego el grito en lo más alto del cielo y demonizar a los manifestantes en general, cuando resultó obvio que los agresivos fueron una minoría, reprendida además en el acto por la mayoría.

Nuestros políticos gozan de muy mala fama desde hace mucho. Tan mala que lo que cabe preguntarse es por qué quieren serlo. No tienen las simpatías ni la admiración de nadie -quitando a los militantes ciegos de cada partido-; se los culpa de todos los males; reciben insultos constantes de sus rivales y últimamente también de la ciudadanía; se los acusa de ladrones y corruptos con excesiva frecuencia; se los percibe como a individuos vagos o incompetentes o malvados, cuando no como a puros idiotas; se les reprocha procurar su propio beneficio o el de sus partidos y casi nunca el de sus gobernados; cada vez más se los considera títeres del poder económico. Trae tan poca cuenta y tantos sinsabores ser hoy político que uno no entiende cómo es que hay tantos aspirantes a hacer de muñeco de las bofetadas.

A mi modo de ver hay cinco grupos:

a) sujetos mediocres que nunca podrían hacer carrera -ni tener un sueldo- si no fuera en un medio tan poco exigente como la política (sé de algún alcalde de ciudad conocido en ella, sobre todo, por ser un completo iletrado y darle a la frasca);

b) sujetos que ven un modo de enriquecerse (así lo explicó sin tapujos uno que no quedó lejos de llegar a ministro);

c) sujetos que sólo ansían tener poder, es decir, mandar y que la gente les pida favores; tener potestad para denegar o dar y salir en televisión; en suma, ser "alguien" (recuerdo haberle oído contar a mi padre que, apenas quince días antes de la derrota -ya segura- de la República en la Guerra Civil, había tortas para ser nombrado ministro de lo que fuese en la última remodelación gubernamental, cuando ocupar un cargo así sólo iba a traer muy graves problemas a quienes los ocupasen, al cabo de dos semanas: la vanidad no sabe de cálculos);

d) fanáticos de sus ideas o metas que sólo aspiran a imponerlas;

e) individuos con verdadera vocación política, con espíritu de servicio, buena fe y ganas de ser útiles al conjunto de la población y de mejorarle las condiciones de vida, de libertad y de justicia.

No hace falta decir que, de estos cinco grupos (expuestos -me disculpo- con la grosería inherente a toda simplificación), el único que merece respeto, vale la pena y resulta beneficioso y necesario es el último, que quizá por eso sea el menos nutrido. Lo llamativo es que los votantes no parezcan saber distinguir a los pertenecientes a cada grupo. Acaso no sea fácil, dado que los de los cuatro primeros fingen y engañan, copian y adoptan las maneras y los discursos de los del quinto, se presentan invariablemente como personas desinteresadas y abnegadas. Si en cada legislatura cambiaran las caras, podría entenderse que les diéramos siempre un voto de confianza y nos colaran gato por liebre. Pero esta ingenuidad no es admisible con los políticos veteranos, porque nadie es capaz de fingir bien mucho tiempo. Fingir es difícil y cansa, y el zafio, el oportunista, el tonto, el bruto, el aprovechado, el ladino, el ladrón, el engreído, el fanático, el déspota, todos acaban por parecer lo que son, y sin tardanza. ¿Cómo es que no lo vemos año tras año, legislatura tras legislatura? ¿Cómo es que no sabemos distinguir a los del quinto grupo -que los hay- ni eliminar poco a poco a los de los otros cuatro? Tal vez sería algo a lo que se podrían aplicar los integrantes del 15-M: no a descalificarlos a todos, que es lo que Franco hacía para justificar su prohibición de los partidos; sino a ir señalando, con nombres y apellidos si hace falta, a la enorme cantidad de mediocres, codiciosos, corruptos, fanáticos y engreídos que se han hecho con tanto poder en España.

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Link a la nota Original de JAVIER MARÍAS LA ZONA FANTASMA, Publicado en El País

http://www.elpais.com/articulo/portada/quieren/ser/politicos/elpepusoceps/20110703elpepspor_13/Tes

lunes, 18 de julio de 2011

INVICTUS*

Más allá de la noche que me cubre

negra como el abismo insondable,

doy gracias a los dioses que pudieran existir

por mi alma invicta.

En las azarosas garras de las circunstancias

nunca me he lamentado ni he pestañeado.

Sometido a los golpes del destino

mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.

Más allá de este lugar de cólera y lágrimas

donde yace el Horror de la Sombra,

la amenaza de los años

me encuentra, y me encontrará, sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el portal,

cuán cargada de castigos la sentencia,

soy amo de mi destino:

soy el capitán de mi alma.


(William Ernest Henley)

*(Traducción al castellano del Poema que inspiró a Nelson Mandela en sus más difíciles momentos de encierro y lucha).

jueves, 14 de julio de 2011

SEMBRANDO...

De aquel rincón bañado por los fulgores

del sol que nuestro cíelo triunfante llena,

de la florida tierra, donde entre flores

se deslizó mí infancia dulce y serena;

envuelto en los recuerdos de mi pasado;

borroso, cual lo lejos del horizonte,

guardo un extraño ejemplo, nunca olvidado,

del sembrador más raro que hubo en el monte.


Aun no sé si sería loco, sabio o prudente,

aquel hombre que humilde traje vestía;

sólo sé que, al mirarle, toda la gente

con profundo respeto se descubría.

Era acaso su gesto severo y noble

que a todos asombraba por lo arrogante!

Hasta los leñadores, mirando al roble,

sienten las majestades de lo gigante.


Una tarde de otoño subí a la sierra

y al sembrador sembrando miré risueño;

desde que existen hombres sobre la tierra,

nunca se ha trabajado con tanto empeño.

Quise saber, curioso, lo que aquel hombre

sembraba en la montaña, sola y bravía.


El sembrador oyóme benignamente,

y me dijo con honda melancolía:

siembro robles, y pinos, y sicomoros;

quiero llenar de frondas esta ladera;

quiero que otros disfruten de los tesoros

que darán estas tierras cuando yo muera.

¿Por qué tantos afanes en la jornada

sin buscar recompensas? dije. Y el loco

murmuró, con las manos sobre la azada:

Acaso te imaginas que me equivoco;

acaso por ser niño, te asombra mucho

el soberano impulso que mi alma enciende.

Por los que no trabajan, trabajo y lucho;

así el mundo no lo sabe, Dios me comprende.


Hay que luchar por todos los que no luchan!

Hay que pedir por todos los que no imploran!

Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!

Hay que llorar por todos los que no lloran!

Hay que hacer como abejas, que en la colmena

fabrican para hacer todos dulces panales!

Hay que hacer como el agua que va serena,

brindando al mundo entero frescos raudales!

Hay que imitar al viento, que siembra flores,

lo mismo en la montaña que en la llanura!

Hay que vivir sembrando, sembrando amores

con la vista y el alma siempre en la altura!


Dijo el loco, y con noble melancolía

por las breñas del monte siguió trepando,

al perderse en las sombras, aun repetía

Hay que vivir sembrando, siempre sembrando!

Ricardo Blanco Belmonte

jueves, 30 de junio de 2011

Los Cuatro Acuerdos...

… de la Sabiduría Tolteca:


1. No supongas

No des nada por supuesto.

Si tienes duda, aclárala.

Si sospechas, pregunta.

Suponer te hace inventar historias increíbles que sólo envenenan tu alma y que no tienen fundamento.


2. Honra tus palabras

Lo que sale de tu boca es lo que eres tú.

Si no honras tus palabras, no te estás honrando a ti mismo; si no te honras a ti mismo, no te amas.

Honrar tus palabras es honrarte a ti mismo, es ser coherente con lo que piensas y con lo que haces. Eres auténtico y te hace respetable ante los demás y ante ti mismo.


3. Haz siempre lo mejor que puedas

Si siempre haces lo mejor que puedas, nunca podrás recriminarte nada o arrepentirte de nada.


4. No te tomes NADA personal

Ni la peor ofensa.

Ni el peor desaire.

Ni la más grave herida.

Según la tradición Tolteca, poniendo en práctica estos cuatro acuerdos tu vida puede cambiar, siempre y cuando seas impecable con ello...

lunes, 30 de mayo de 2011

"La Libertad" (*)


…Y un orador dijo:

- Háblanos de la Libertad.

Y él respondió:

- A las puertas de la ciudad y a la lumbre de vuestro hogar yo os he visto postraros y adorar vuestra propia libertad. Así como los esclavos se humillan ante un tirano y lo alaban aun cuando los mata. ¡Ay! En el jardín del templo y a la sombra de la ciudadela he visto a los más libres de vosotros usar su libertad como un yugo y un dogal.

Y mi corazón sangró en mi pecho porque sólo podéis ser libres cuando aún el deseo de perseguir la libertad sea un arnés para vosotros y cuando dejéis de hablar de la libertad como una meta y una realización.

Seréis, en verdad, libres, no cuando vuestros días estén libres de cuidado ni vuestras noches de necesidad y pena. Sino, más bien, cuando esas cosas rodeen vuestra vida y, sin embargo, os elevéis sobre ellas desnudos y sin ataduras.

Y, ¿cómo os elevaréis más allá de vuestros días y vuestras noches a menos que rompáis las cadenas que, en el amanecer de vuestro entendimiento, atasteis alrededor de vuestro mediodía?

En verdad, eso que llamáis libertad es la más fuerte de esas cadenas, a pesar de que sus eslabones brillen al sol y deslumbren vuestros ojos.

¿Y qué sino fragmentos de vuestro propio yo desecharéis para poder ser libres?

Si es una ley injusta la que deseáis abolir, esa ley fue escrita con vuestra propia mano sobre vuestra propia frente.

No podéis borrarla quemando vuestros Códigos ni lavando la frente de vuestros jueces, aunque vaciéis el mar sobre ella.

Y, si es un déspota el que queréis destronar, ved primero que su trono, erigido dentro de vosotros, sea destruido. Porque, ¿cómo puede un tirano mandar a los libres y a los dignos sino a través de una tiranía en su propia libertad y una vergüenza en su propio orgullo?

Y si es una pena lo que queréis desechar, esa pena fue escogida por vosotros más que impuesta a vosotros.

Y si es un miedo el que queréis disipar, la sede de ese miedo está en vuestro corazón y no en la mano del ser temido. En verdad, todas las cosas se mueven en vosotros, como luces y sombras apareadas.

Y, cuando la sombra se desvanece y no existe más, la luz que queda se convierte en sombra en otra luz.

Y, así, vuestra libertad, cuando pierde sus grillos, se convierte ella misma en el grillo de una libertad mayor”.

(*) fragmento de: “El Profeta”, de Khalil Gibrán -