miércoles, 3 de junio de 2009

La Violencia de los Resultados

La Violencia de los Resultados. Grupo Doce.
(Extraído de: Del fragmento a la situación. Notas sobre la subjetividad contemporánea. Grupo Doce Edición Grupo Doce. Bs.As., 2001).

En una entrevista a un joven gerente, en el suplemento Económico de Clarín del 29 de octubre de 2000, se lee: "Trabajamos en una compañía muy orientada a los resultados, y hoy la violencia de los resultados es enorme''. Al parecer, no se trata de una denuncia. Tampoco de una queja o de la puesta en circulación de una posición ideológica. Más bien, parece tratarse de una definición en regla, pero de una definición con capacidad de exceder el campo que, en principio, describe. Esto es, la compañía. Tengan el estatuto que tuvieren esas palabras, los dicho del entrevistado describen una alteración radical en los parámetros de racionalidad instituidos por los Estados Nacionales. Esto es, en los modos de leer y calificar un recorrido personal, profesional o político. Ahora bien, la confesión del joven gerente también revela una transformación no menos radical: hoy los resultados operan como principio general de consistencia.

Por lo señalado, los parámetros de racionalidad actuales son otros que los nacionales. La violencia de los resultados o simplemente los resultados, marcan los movimientos de los agentes que danzan al ritmo de los requerimientos del mercado. Desde la subjetividad forjada por los Estados nacionales, podrá decirse que esta variación no es más que la decadencia moral de unos parámetros de racionalidad más nobles. Pero para una subjetividad no estatal se trata de la alteración de los principios de lectura y evaluación que orientaron la subjetividad en tiempos nacionales.

La mutación general que permite situar la dominancia de los resultados como parámetro de racionalidad se advierte en el agotamiento del Estado Nación como paninstitución "donadora de sentido". Ahora bien, este agotamiento también implica la destitución de sus principios de racionalidad como principios generales de orientación. Por otro lado, esa destitución no es efecto de la desestimación moral, por parte de los agentes de la lógica desvanecida, de tales principios -o por lo menos, no se trata solamente de eso. Más bien, el abandono de aquellos principios no es más que la consecuencia de su incapacidad para evaluar un recorrido en condiciones post-nacionales.

Antes de precisar las condiciones en las que los resultados prosperan como parámetro de consistencia, detengámonos en el horizonte de racionalidad propio de los Estados Nacionales.
En la lógica nacional, los resultados no administran la mente de una carrera (personal, profesional, política). Por el contrario, el destino de una carrera descansa en la acumulación progresiva de logros, logros posibles (por ser lineal y anticipable el devenir), y adquiribles mediante esfuerzo. Esfuerzos y logros constituyen, entonces, los parámetros de racionalidad de un recorrido en tiempos de Estado Nación. Esto es posible, entre otras tantas condiciones, por la vigencia de una institución lineal y progresiva del tiempo. Sólo sobre esa temporalidad los logros pueden llegar a ser acumulativos y el porvenir anticipable. Pero ese tiempo lineal y progresivo también es una institución de los Estados Nacionales. De esta manera, sin Estado Nación como metainstitución, tampoco hay tiempo lineal y progresivo.

Sin institución nacional del tiempo, la posibilidad de acumular esfuerzos y logros en un derrotero resulta, en principio, imposible. Esta imposibilidad se desarrolla cuando las reglas de juego, sean las que fueren se desvanecen como principio general de consistencia. Es decir, cuando las instituciones donde operan los agentes varían de situación en situación. Sin reglas de juego ni condiciones estables, no hay modo de saber a priori cuales de las estrategias serán productivas y cuales no. Si esta es la dinámica, los instrumentos de orientación y lectura que suponen linealidad y progreso devienen obsoletos. Sólo en estas coordenadas operan los resultados como principio general de racionalidad. El disco más vendido, la película más vista, el video más alquilado o el futbolista del siglo son las figuras de esta nueva racionalidad. Figuras capaces de leer una producción sólo desde sus resultados objetivos.

Si los parámetros de racionalidad instalados por el mercado son los resultados, si la vigencia de estos parámetros es posible en una dinámica ciega a lo sucedido en un recorrido, la pregunta de la subjetivación es: como habitar una experiencia sin sepultarla en sus resultados.
Dicen que habitar un recorrido también consiste en la producción de sus parámetros de lectura y evaluación. Dicen que una experiencia tiene valor de experiencia cuando inventa en autonomía los modos de hacer su balance. Sea del tipo que fuere, cualquier experiencia subjetiva necesita de esta elaboración. De no ser así, los resultados dominan. Y una experiencia pensada exclusivamente desde los resultados se desrealiza como recorrido subjetivo porque queda sometida a los parámetros de racionalidad instalados por el mercado. Habitar un recorrido exige, entonces, trazar otros criterios de racionalidad. Pero otros no significa otros cualesquiera, significa otros en tanto que específicos de ese recorrido. La producción de esa especificidad necesita, por un lado, de la interrupción de la temporalidad caótica del mercado y sus parámetros específicas; por otro, de la invención de una temporalidad en inmanencia con el recorrido, esto es, atenta a las producciones, los retrocesos, los obstáculos y las fidelidades que libera ese trayecto subjetivo.

Hoy nos toca navegar en las aguas del mercado. Algunos se podrán lamentar por eso. Pero lo decisivo no parecen ser las aguas sino el modo en que decidimos navegarlas. Es decir, estamos atentos a resultados, o en fidelidad con los recorridos subjetivos emprendidos

* Publicado en "De Sobre Excesos y Exabruptos"
Publicación Periódica orientada al tratamiento de la periódica violencia.
Nº 12 - Año 2 - julio de 2003

miércoles, 1 de abril de 2009

DISCURSO PRESIDENCIAL 10 de DICIEMBRE DE 1983.

10 de diciembre de 1983. Lugar: balcón del Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires, hablaba allí Raúl Ricardo Alfonsín en su asunción como Primer Presidente Democrático luego de la terrible dictadura militar que asoló nuestro país.
Este es un pequeño homenaje que pretende mostrar para aquellos que no lo vivieron, aunque tal vez no alcance, el significado de esperanza democrática, del triunfo de la vida sobre la muerte, que aquel hombre encarnó en ese contexto histórico, el significado de una nueva era, que hoy ya tiene 25 años.
Errores, aciertos, como todo es susceptible de reflexión, y crítica, lo único que no puede negarse era la vocación que sostuvo, y con ella el mensaje subyacente en cada una de sus palabras: logramos volver a la democracia, pero madurar nuestra democracia sólo es posible con la unidad del pueblo...
Depende de nosotros, no de un sólo hombre, sino de toda una sociedad que ese mensaje sea una realidad palpable al fin y por siempre... y ese, es tal vez su mejor legado.

“Compatriotas: Iniciamos todos hoy una etapa nueva de la Argentina. Iniciamos una etapa que sin duda será difícil, porque tenemos todos la enorme responsabilidad de asegurar hoy y para los tiempos la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en la tierra argentina.

”Sabemos que son momentos duros y difíciles, pero no tenemos una sola duda, vamos a arrancar los argentinos, vamos a salir adelante, vamos a hacer el país que nos merecemos. Y lo vamos a poder hacer, no por obra y gracia de gobernantes iluminados sino por esto que la plaza está cantando, porque el pueblo unido jamás será vencido.

”Una feliz circunstancia ha querido que este día en que los argentinos comenzamos esta etapa de 100 años de libertad, de paz y de democracia, se el Día de los Derechos Humanos. Y queremos, en consecuencia, comprometernos una vez más: vamos a trabajar categórica y decisivamente por la dignidad del hombre, al que sabemos hay que darle libertad, pero también justicia, porque la defensa de los derechos humanos no se agota en la preservación de la vida, sino además también en el combate que estamos absolutamente decididos a librar contra la miseria y la pobreza en nuestra Nación. ”Este es un saludo nada más, y no hubiera sido completa la fiesta de la democracia argentina –por lo menos para mí- si no hubiera contado con la posibilidad de encontrarme nuevamente con ustedes para ratificar una vez más que soy el servidor de todos, el más humilde de los argentinos.

”Me comprometo nuevamente a trabajar junto con todos ustedes para concretar los objetivos que hemos pregonado por toda la extensión de la geografía argentina, y hacer ciertos esos objetivos que los hombres que nos dieron la nacionalidad nos presentan como un mandato que ahora sabemos está al alcance de nuestras manos.

”Entre todos vamos a constituir la unión nacional, consolidar la paz interior, afianzar la justicia, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino”.

viernes, 27 de marzo de 2009

"El desafío ético de la globalización"

de Zygmunt Bauman
"Globalización” significa que todos dependemos unos de otros. Las distancias importan poco ahora. Lo que suceda en un lugar puede tener consecuencias mundiales. Gracias a los recursos, instrumentos técnicos y conocimientos que hemos adquirido, nuestras acciones abarcan enormes distancias en el espacio y en el tiempo. Por muy limitadas localmente que sean nuestras intenciones, erraríamos si no tuviéramos en cuenta los factores globales, pues pueden decidir el éxito o el fracaso de nuestras acciones. Lo que hacemos (o nos abstenemos de hacer) puede influir en las condiciones de vida (o de muerte) de gente que vive en lugares que nunca visitaremos y de generaciones que no conoceremos jamás.
Seamos conscientes o no, éstas son las condiciones bajo las que hacemos hoy nuestra historia común. Aunque buena parte (y muy posiblemente toda o casi toda) la historia que se va tejiendo dependa de decisiones humanas, las condiciones bajo las que se toman estas decisiones escapan a nuestro control.
Una vez derribados la mayoría de los límites que antes confinaban nuestra potencial acción a un territorio que podíamos inspeccionar, supervisar y controlar, hemos dejado de poder protegernos, tanto a nosotros como a los que sufren las consecuencias de nuestras acciones, de esta red mundial de interdependencias.
No se puede hacer nada para dar marcha atrás a la globalización. Uno puede estar “a favor” o “en contra” de esta nueva interdependencia mundial. Pero sí hay muchas cosas que dependen de nuestro consentimiento o resistencia a la equívoca forma que hasta la fecha ha adoptado la globalización.
Hace sólo medio siglo, Karl Jaspers podía aún separar limpiamente la “culpa moral” (el remordimiento que sentimos cuando hacemos daño a otros seres humanos, bien por lo que hemos hecho o por lo que hemos dejado de hacer) de la “culpa metafísica” (la culpa que sentimos cuando se hace daño a un ser humano, aunque dicho daño no esté en absoluto relacionado con nuestra acción). Esta distinción ha perdido su sentido con la globalización. La frase de John Donne “no preguntes nunca por quién doblan las campanas; están doblando por ti” representa como nunca la solidaridad de nuestro destino, aunque todavía esté lejos de ser equilibrada por la solidaridad de nuestros sentimientos y acciones.
Cuando un ser humano sufre indignidad, pobreza o dolor, no podemos tener certeza de nuestra inocencia moral. No podemos declarar que no lo sabíamos, ni estar seguros de que no hay nada que cambiar en nuestra conducta para impedir o por lo menos aliviar la suerte del que sufre. Puede que individualmente seamos impotentes, pero podríamos hacer algo unidos. Y esta unión está hecha de individuos y por los individuos.
El problema es, como alegaba Hans Jonas, otro gran filósofo del siglo XX, que, aunque el espacio y el tiempo ya no establezcan límites a las consecuencias de nuestras acciones, nuestra imaginación moral no ha ido mucho más allá del ámbito que tenía en los tiempos de Adán y Eva.
Las responsabilidades que estamos dispuestos a asumir no se han aventurado tan lejos como la influencia que nuestra conducta diaria ejerce sobre las vidas de personas cada vez más lejanas.
El “proceso de globalización” significa que esa red de dependencias llega a los más remotos recovecos del planeta, pero poco más (por lo menos hasta ahora). Sería muy prematuro hablar de una sociedad global o de una cultura global, y más aún de una política o un derecho globales. ¿Está surgiendo un sistema social global en ese extremo último del proceso de globalización? Si tal sistema existe, no se parece a los sistemas sociales que solemos considerar normativos.
Solíamos pensar en los sistemas sociales como una totalidad que coordinaba y adaptaba todos los aspectos de la existencia humana a través de mecanismos económicos, poder político y patrones culturales. Hoy día, sin embargo, aquello que se solía coordinar al mismo nivel y dentro de una misma totalidad ha sido separado y situado en niveles radicalmente diferentes.
La globalidad del capital, las finanzas y el comercio (esas fuerzas decisivas para la libertad de elección y la eficacia de las acciones humanas) no se ha emparejado a una escala semejante con los recursos que la humanidad ha desarrollado para controlar las fuerzas que rigen las vidas humanas. Y lo que es más importante, la globalidad no se ha igualado con una escala global semejante de control democrático.
De hecho podemos decir que el poder ha “volado” de las instituciones desarrolladas a lo largo de la historia que, en los Estados nacionales modernos, solían ejercer un control democrático sobre los usos y abusos del poder. La globalización en su forma actual significa pérdida de poder de los Estados nacionales y (por el momento) ausencia de cualquier sustituto eficaz.
Ya en otra ocasión, los actores económicos efectuaron una desaparición a lo Houdini semejante a ésta, aunque, evidentemente, a una escala mucho más modesta que la que se ha efectuado en nuestra era de la globalización. Max Weber, uno de los analistas más agudos de la lógica de la historia moderna (o de la falta de ella), observó que lo que marcaba el nacimiento del nuevo capitalismo era la separación de la actividad económica de lo doméstico (donde lo “doméstico” significaba la densa red de derechos y obligaciones mutuas mantenidos por las comunidades rurales y urbanas, por las parroquias o los gremios de artesanos, en las que familias y vecinos habían estado estrechamente envueltos). Con esta separación (mejor llamarla “secesión” en honor de la antigua alegoría de Menenio Agripa), el mundo de los negocios se aventuró por una auténtica tierra fronteriza, una tierra de nadie libre de problemas morales y restricciones legales y pronta a ser subordinada al código de conducta propio de la empresa.
Como ya sabemos, esta extraterritorialidad sin precedentes de la actividad económica condujo en su momento a un espectacular avance de la capacidad industrial y al acrecimiento de la riqueza. También sabemos que, durante casi la totalidad del siglo XIX, esa misma extraterritorialidad redundó en mucha miseria humana, en pobreza y en una casi inconcebible polarización de las oportunidades y niveles de vida de la humanidad.
Por último, también sabemos que los Estados modernos entonces emergentes reclamaron esa tierra de nadie que el mundo de los negocios consideraba de su exclusiva propiedad. Los organismos que establecen las normas del comportamiento de los Estados invadieron aquel espacio hasta que, no sin vencer una resistencia feroz, se lo anexionaron y colonizaron, llenando así el vacío ético y mitigando sus consecuencias más desagradables para la vida de sus súbditos o ciudadanos.
La globalización se puede considerar como la “segunda secesión”. Una vez más, el mundo económico se ha escapado del confinamiento doméstico, aunque esta vez el hogar que se ha abandonado es el moderno “hogar imaginario”, circunscrito y protegido por los poderes económicos, militares y culturales del Estado nacional, a los que se suma la soberanía política. De nuevo, el ámbito económico ha conseguido un “territorio extraterritorial”, un espacio propio por el que pueden andar, tumbando con toda libertad los pequeños obstáculos levantados por las débiles potencias de lo local y tratando de sortear los obstáculos construidos por los fuertes, y donde pueden perseguir sus fines pasando por alto o dando de lado el resto de los fines, a los que consideran irrelevantes económicamente y por tanto ilegítimos. Y una vez más observamos unos efectos sociales semejantes a aquellos que, en tiempos de la primera secesión, tropezaron con la repulsa social, sólo que esta vez a una escala inmensamente mayor, global (como la segunda secesión en sí).
Hace casi dos siglos, en plena primera secesión, Karl Marx acusó de “utópicos” a aquellos que abogaban por una sociedad mejor, más equitativa y justa y que tenían la esperanza de lograrlo deteniendo en seco el avance del capitalismo y volviendo al punto de partida, al mundo pre-moderno del ámbito doméstico y los talleres familiares.
No había vuelta atrás, insistía Marx; y, al menos en ese punto, la historia le dio la razón. Cualquier tipo de justicia y de equidad susceptible de arraigar hoy día tiene que partir del punto en que unas transformaciones irreversibles han llevado ya a la condición humana.
Una vuelta atrás de la globalización de la dependencia humana, del alcance global de la tecnología y de las actividades económicas es imprevisible con toda seguridad. Respuestas como “pongamos las carretas en círculo” o “volvamos a las tiendas de campaña tribales” (nacionales, comunitarias) no servirán. No se trata de cómo remontar el río de la historia, sino de cómo luchar contra su contaminación y canalizar sus aguas para lograr una distribución más equitativa de los beneficios que comporta.
Y otro punto que es necesario recordar: sea cual fuere la forma que adopte el control global sobre las fuerzas globales, no puede ser una copia ampliada de las instituciones democráticas desarrolladas en los dos primeros siglos de la historia contemporánea. Dichas instituciones se hicieron a la medida del Estado nacional, que entonces era la 'totalidad social', de mayor tamaño y que más abarcaba y son particularmente poco aptas para ser ampliadas hasta una escala global.
El Estado nacional no era tampoco una hipérbole de los mecanismos comunitarios sino que, por el contrario, era el producto final de formas radicalmente nuevas de convivencia humana, así como de solidaridad social. Tampoco fue el resultado de una negociación y un consenso logrado tras una dura negociación entre comunidades locales. El Estado nacional, que finalmente proporcionó la tan buscada respuesta a los desafíos de la “primera secesión”, surgió a pesar de los obstinados defensores de las tradiciones comunitarias y mediante la progresiva erosión de las ya escuálidas y menguadas soberanías locales.
Toda respuesta eficaz a la globalización no puede más que ser global. Y el destino de semejante respuesta global depende de que surja y arraigue un ámbito político global (entendido como algo distinto de “internacional” o, para ser más precisos, interestatal). Es este ámbito político el que hoy brilla por su ausencia.
Los actuales actores mundiales se niegan abiertamente a establecer dicho ámbito. Sus adversarios visibles, entrenados en el viejo y cada día menos eficaz arte de la diplomacia entre Estados, parecen carecer de la habilidad necesaria y de los recursos indispensables para lograrlo. Se necesitan nuevas fuerzas para establecer y dar vigor a un foro auténticamente mundial adecuado a la era de la globalización, y éstas sólo se harán valer evitando a unos y otros.
Ésta parece ser la única certeza. El resto depende de nuestra inventiva compartida y de la práctica política del tanteo. Al fin y al cabo, muy pocos pensadores, si es que hubo alguno, fueron capaces de prever en plena primera secesión la forma que adoptaría finalmente la operación encaminada a reparar los daños. De lo que sí estaban seguros era de que una operación de esa clase era la necesidad más imperiosa de su tiempo. Todos estamos en deuda con ellos por esa clarividencia.
(Artículo publicado en el diario EL PAÍS el 20 de Julio de 2001. )

lunes, 9 de marzo de 2009

de "COSAS DE (mi) INVENTARIO" (*)

El camino del aprendizaje es el camino del conocimiento de uno mismo en principio, porque el uno es parte del todo, como el todo es uno, así como yo y tú somos nosotros. Así, he hecho este listado en la idea de la frase de “aportar de uno al mundo”, y por eso, por ahora, puedo decir que he aprendido:


• Que “ser humano” no es la mera denominación de nuestra especie, sino una cualidad interior que muchos no ponen en práctica, y así le va al mundo.

• Que nacemos distintos, unos más flacos, otros más gordos, pero la desigualdad no es culpa de la naturaleza, es culpa de la personas.

• Que el cariño siempre debe ser correspondido aunque más no sea sólo con una sonrisa y aunque quien nos lo brinde no sea alguien trascendente para nosotros.

• Que hay que ver a las personas como eso, como personas, y no como un posible contacto en la agenda, puesto que no somos cosas, somos Seres Humanos y lo que le pase a la humanidad también me pasará a mí.

• Que a veces los mejores momentos compartidos son aquellos en los que no nos decimos nada, porque la verborragia aturde cuando el silencio sana.

• Que una caricia o un abrazo dicen mucho más que torpes palabras y formalismos.

• Que porque alguien no me da su amor en la forma en que yo lo deseo, no significa que en realidad no me esté amando.

• Que es mentira que sólo hay una primera vez en la vida.

• Que no hay peor frío que el de la soledad que nace del desprecio y desdén que se brinda a otro.

• Que las heridas que se tienen no siempre son sólo por culpa de otro.

• Que querer no es tomar, no es controlar, ni es poseer, es brindarse a brazos abiertos.

• Que sé muy bien que por mucho que me preocupe o ayude a los demás, muchos no se preocuparán por mí, otros después me darán la espalda, otros jamás me lo agradecerán y otros ni siquiera vendrán a mi entierro, pero no me arrepiento, si lo hice es porque creía en lo que hacía.

• Que creer en la humanidad de las personas aunque algunos nos hayan defraudado, no es repetir errores, es comprender que no se tiene derecho a repartir culpas indiscriminadamente.

• Que para entender a alguien no basta con oír lo que dice, también hay que ver desde dónde lo dice y pensar en aquello que calla.

• Que la Humildad no es sinónimo de pobreza ni de sumisión, de la misma forma que la Grandeza no es una cuestión de estatura, ni la Locuacidad es síntoma de gran sabiduría.


• Que para que haya confianza entre las personas se necesitan tiempo y sinceridad.

• Que la confianza se rompe cuando las cosas no son cara a cara.

• Que la confianza, no implica amistad.

• Que lo que verdaderamente cuenta en la vida no son las cosas que me rodean o que puedo comprar, sino mis principios, mis convicciones y las personas que realmente llevo en mi corazón.

• Que la lealtad esta ante todo pero nunca por sobre el honor y las convicciones.

• Que aunque a veces traten de confundir, yo estoy seguro que lealtad no es sinónimo de complicidad.

• Que debo demostrar mi cariño y mi afecto, pues ello no es debilidad ni rompe con reglas de protocolo, es un acto de pura humanidad.

• Que el mejor camino para llegar al objetivo no es siempre el que pensamos que debemos seguir, por eso siempre es bueno escuchar y levantar la vista.

• Que juzgar por la apariencia hace que no conozcamos verdaderamente al otro que tenemos enfrente.

• Que hay muchos que no pueden ver un pájaro volando sin pensarlo dentro de una jaula, y aunque la jaula que imaginen sea de oro y brillantes, nunca dejará de ser jaula.

• Que no hay que avergonzarse por lo que uno hace si lo hace de buena fe.


• Que en el camino del hacedor cuesta más trabajo vengar las injurias que olvidarlas, pues la venganza nos detiene en el camino.

• Que no hay peor venganza que el olvido.

• Que hay que aprender a perdonar a quien se equivoca de buena fe, y también aprender a perdonarse uno mismo.

• Que pedir perdón no es rebajarse, es ser digno y honorable.

• Que hay que aprender a dar, y darse, otra oportunidad.

• Que crecer no es cumplir años.

• Que hay que aprender de lo que hacemos porque, bueno o malo el resultado, nos sirve para seguir madurando.

• Que la experiencia no se mide por los años acumulados, sino por el camino recorrido.

• Que hay que respetar las opiniones ajenas en la misma medida que queremos que respeten la nuestra si queremos aprender a ser justos.

• Que no hay que tomar la terquedad de nuestros prejuicios para defender nuestras opiniones ni para juzgar a los demás.

• Que pocas cosas pueden ser tan dolorosas como la traición, el engaño y el desprecio.

• Que una manera de poder ver la humanidad dentro de las personas y descubrir su carácter, es observarlas en el trato que dan a aquellos que no pueden serles útiles materialmente.

• Que no existe forma correcta de hacer algo equivocado.

• Que no se es honesto sólo porque no se robe.

• Que está bien pensar en uno pero sin olvidarse del otro, pues juntos somos nosotros.

• Que hay que saber perdonar a quienes nos hieren por dolor.

• Que no hay que resentirse por dolor, sino que hay que aprender de él para superarlo.

• Que hay que saber decir no, aunque duela, si vemos que con un sí podemos lastimar a quienes queremos.

• Que dar un paso al costado cuando debemos dejar crecer a quienes queremos o cuando podemos lastimarlos no es abandonar a nadie, es un acto de amor aunque en el momento no se entienda.

• Que no da lo mismo cualquier medio para alcanzar nuestros fines.

• Que hay que elegir por la justicia cuando el derecho entra en conflicto con ella.

• Que no hay que desesperarse por ser el abanderado, pues no importa quien lleve el asta, lo que realmente importa es la bandera.

• Que las causas perdidas sólo son aquellas por las que nadie lucha.

• Que siempre habrá Caballeros y Quijotes que, aún sin espadas y sin Sanchos, estarán para dar la pelea.

• Que sembrar hoy en la convicción de que la cosecha llegará buena algún día aunque tal vez no lleguemos a verla, no es una pérdida de tiempo, es símbolo de humanidad.

• Que resistir a las tentaciones de tener comodidades a expensas del sacrificio y humillación de los demás no es ser estúpido o poco vivo, por el contrario es ser honrado, digno y honorable.

• Que la coherencia y la dignidad indican que nunca hay que ser como aquello que combatimos o aquello que criticamos.


• Que de tanto pensar en el adversario, nos olvidamos de los amigos y corremos riesgo de quedarnos solos porque terminamos pareciéndonos a aquello que nos enfrentamos.


• Que con dar limosna, no nos redimimos, sólo vale el hacer humano encaminado para que en el mundo no haya quienes tengan que pedirla, pues si mejora el mundo indefectiblemente también mejoramos nosotros.


• Que querer cambiar y mejorar el mundo es una hermosa idea, pero ese trabajo comienza en el mundo interior y se expande al mundo que nos rodea cotidianamente. Mundos que integran mundos...

• Que para ser íntegro hay que hacer lo correcto tanto en la luz del más público de nuestros actos como en la sombra de la más reservada de nuestras privacidades.

• Que para sentir la vida hay que recordar que existe la muerte.

• Que lo único que nos llevaremos a la otra vida es lo que hicimos en esta...

•… y que estas palabras deben ser superadas, pues este inventario es una lista inconclusa que día a día cada uno debe llenar con valores y principios que integran la virtud y así, haciéndolos carne, cada uno desde su propio lugar colaborará para que nuestro mundo humano vaya tomando una feliz forma…


Carlos A. Riego.

(*) NOTA del AUTOR:

El presente texto forma parte de una obra con "Registro de la Propiedad Intelectual en Trámite". A pesar de ello, el autor permite únicamente su publicación en este portal (http://www.areaformación.com.ar), y su reproducción total o parcial para fines educativos y siempre que sean citadas:
a) la fuente; b) el título "cosas de (mi) inventario", y c) el autor.

domingo, 8 de febrero de 2009

TEXTO de CONFUSIO (del Primer Libro Clásico)

Texto extraído del "Primer Libro Clásico" - CONFUSIO

Es preciso conocer el fin hacia el que debemos dirigir nuestras acciones. En cuanto conozcamos la esencia de todas las cosas, habremos alcanzado el estado de perfección que nos habíamos propuesto.

Desde el hombre más noble al más humilde, todos tienen el deber de mejorar y corregir su propio ser.

¿No sería más eficaz lograr que fueran innecesarios los juicios?, ¿No resultaría más provechoso dirigir nuestros esfuerzos a la eliminación de las inclinaciones perversas de los hombres? .

Para conseguir que nuestras intenciones sean rectas y sinceras debemos actuar de acuerdo con nuestras inclinaciones naturales.

Cuando el alma se haya agitada por la cólera, carece de esta fortaleza; cuando el alma se halla cohibida por el temor, carece de esta fortaleza; cuando el alma se halla embriagada por el placer, no puede mantenerse fuerte; cuando el alma se halla abrumada por el dolor, tampoco puede alcanzar esta fortaleza. Cuando nuestro espíritu se haya turbado por cualquier motivo, miramos y no vemos, escuchamos y no oímos, comemos y no saboreamos.
Raras veces los hombres reconocen los defectos de aquellos a quienes aman, y no acostumbran tampoco a valorar las virtudes de aquellos a quienes odian.

Lo que desapruebes de tus superiores, no lo prácticas con tus subordinados, ni lo que desapruebes de tus subordinados debes practicarlo con tus superiores. Lo que desapruebes de quienes te han precedido no lo practiques con los que te siguen, y lo que desapruebes de quienes te siguen no lo hagas a los que están delante de ti.

No dar importancia a lo principal, es decir, al cultivo de la inteligencia y del carácter, y buscar sólo lo accesorio, es decir, las riquezas, sólo puede dar lugar a la perversión de los sentimientos del pueblo, el cual también valorara únicamente las riquezas y se entregará sin freno al robo y al saqueo.

Si el príncipe utiliza las rentas públicas para aumentar su riqueza personal, el pueblo imitará este ejemplo y dará rienda suelta a sus más perversas inclinaciones; si, por el contrario, el príncipe utiliza las rentas públicas para el bien del pueblo, éste se le mostrará sumiso y se mantendrá en orden.

Si el príncipe o los magistrados promulgan leyes o decretos injustos, el pueblo no los cumplirá y se opondrá a su ejecución por medios violentos y también injustos. Quienes adquieran riquezas por medios violentos e injustos del mismo modo las perderán por medios violentos e injustos.

Sólo hay un medio de acrecentar las rentas públicas de un reino: que sean muchos los que produzcan y pocos los que disipen, que se trabaje mucho y que se gaste con moderación. Si todo el pueblo obra así, las ganancias serán siempre suficientes.
(todo el material de este sitio es estrictamente para la divulgación del conocimiento, y su utlilización educativa, científica o formativa)